martes, 26 de noviembre de 2013

Fabula del pelotudo, Roberto Fontanarrosa


Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso.
Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé, no soy tan pelotudo..., vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos
La cuarta: (pero la conclusión más interesante)
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros.
Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo
MORALEJA:
'El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo
delante de un pelotudo que aparenta ser inteligente' 


domingo, 3 de noviembre de 2013

Dos veces el mismo rostro, Vicente Barbieri

Contaré el caso exactamente como ocurrió: para mi sigue siendo un verdadero enigma.
No agrego ni quito nada en esta relación, y juro que no estaba dormido. Prometo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Repito que no se trata de un sueño: en último caso, un sueño despierto. No sé.
Comenzó una noche de principios del año 1951. Yo me encontraba acostado, en mi departamento de la ex Avenida Alem, y la habitación estaba a oscuras; no en completa oscuridad, sino en esa penumbra que permite distinguir contornos y bultos de muebles y objetos. Serian, aproximadamente, las doce. Permanecía despierto, boca arriba y con las manos bajo la nuca; yacía con placidez, en ese estado que uno dice: no pensaba en nada. Parpadeaba, mirando como aparecían y desaparecían los perfiles de los objetos. Entrecerré los ojos por unos minutos. El sueño no venía.
De pronto tuve la sensación de que algo ­–no alguien, sino algo- estaba junto a mi cama. Inquieto, abrí los ojos, y, ahí a mi derecha, como a un metro del suelo, se veía un óvalo de luz brillantísima, de más o menos veinticinco centímetros de alto por veinte de ancho. En el centro de esa luz de forma ovalada había un rostro de hombre. El conjunto parecía un gran camafeo viviente, porque aquello estaba, según me pareció, animado de vida. Sin moverme en la cama y sin quitar los ojos de aquel centro radiante (que sin embargo no molestaba a mi vista), yo observaba ese rostro.
Para mí, se trataba de un desconocido. De balde procuré recordar, en un rápido desfile retrospectivo de figuras y fisonomías, algún rostro quizá olvidado de la infancia; acaso una cara vista en alguna parte, al paso del azar con que se anda por el mundo y grabada en el subconsciente siempre activo… Pero, no. Yo podía jurar, más o menos seguro, que jamás había visto ese rostro. Además, el visitante también me observaba con una expresión de curiosidad y sorpresa quizá mayores que las que yo experimentaba.
Era el semblante de un hombre de más o menos cincuenta años; tenía los ojos fijos en mí, con mirada, como digo, llena de marcado interés. Sus facciones eran toscas, como curtidas por el sol y la intemperie, y yo veía cómo en su cuello largo y delgado la nuez de Adán, muy abultada, subía y bajaba como si el hombre respirara profundamente. Ahora me parece extraño no haber sentido ningún temor.
De pronto, cuando mayor era nuestra atención, aquello se desvaneció, mejor dicho, se apagó de golpe. Yo permanecí un tiempo bastante largo, pensando, en la oscuridad, hasta que el sueño, el verdadero sueño, me rindió sin esfuerzo.
Recordé, durante muchos días el suceso, después creo que lo olvidé. Pasaron meses. Circunstancias de mi internación en un hospital de Vicente López me distrajeron con otras cosas.
Allí tuvo lugar la segunda parte de mi enigma.
Después de una intervención médica practicada por el doctor Angel N. Bracco (ese cirujano inteligente y generoso que ya me pertenece y a quien pertenezco a través de tantos años), permanecía yo inmóvil en la cama, en una pieza pequeña, aislada de la sala general. Era la media tarde, y en esos varios días experimentaba una suave tranquilidad, luego de varios días de fuertes sufrimientos. Ante mi puerta solían pasar de continuo los internados de la sala, cuyo interior no me era visible sino en un pequeño ángulo, vista aún más dificultada por mi permanente y forzosa posición boca arriba. Entre los enfermos solía pasar un hombre alto y delgado, como de cincuenta años, al que yo veía casi siempre de espaldas y muy fugazmente.
La tarde que digo, meditaba yo con las manos bajo la nuca, cuando de pronto noté que alguien se detenía en la puerta de mi habitación. Levanté trabajosamente la cabeza, procurando ver de quién se trataba; una sonda de goma aplicada a mi costado derecho no me permitía muchos movimientos sin causarme fuertes dolores.
Era el hombre alto y delgado que yo había entrevisto en ocasiones. Pensé que desearía interesarse por mi estado, como de vez en cuando sabían hacerlo otros enfermos. No dejó de llamarme la atención su visita porque había oído decir que se trataba de un hombre muy retraído, que no hablaba con nadie. El visitante avanzó unos pasos hasta situarse junto mi cama y se quedó mirándome con gran fijeza, con una expresión de curiosidad que me pareció extraordinaria. Tenía sus ojos clavados en mí y no decía palabra: me observaba con una especie de atención casi hipnotizante. Su rostro era tosco, trabajado por el sol y la intemperie, y yo veía como cómo en su cuello largo y delgado la nuez de Adán subía y bajaba.
Después, en silencio como había entrado, dio media vuelta y se retiró.
De golpe recordé. El rostro de ese hombre era el mismo de mi visión nocturna de meses atrás. Ni esta vez ni la otra se trataba de un sueño; puedo jurarlo. Nunca más vi al hombre; cuando más tarde pregunté por él a uno de los enfermeros, se me dijo que había sido dado de alta ese mismo día.
¿Qué enigma es éste? ¿Existe un mundo anterior, olvidado por muchos sentidos? ¿es verdad aquello de que presente y futuro son simultáneos? ¿Algún encuentro en el vasto tiempo, que más tarde se repite ante nuestros ojos asombrados de no poder recordar?

Ocurrió así, y así lo cuento. ¿Alucinación? Sólo puedo decir: No sé.

                               



                Cuento de Vicente Barbieri

lunes, 19 de agosto de 2013

La gotera

En aquella Villa Miseria solamente la casucha del matrimonio García tenia tanque de agua sobre el tejado. Lo llenaba Doña Heliotropo la noche de los sábados y vísperas de fiesta.Cuando todos los moradores del caserío, grandes y chicos, dormían la borrachera impostergable, ella hurtaba agua del grifo común y trepando por la escalerilla de sauce curado al fuego llenaba el tanque.Transportaba el líquido en una cacerola agujereada. Perdía por el camino la mitad. Como nunca se le ocurrió poner un dedo en el orificio, siempre hacía doble cantidad de los viajes necesarios.
Un 25 de mayo nació el niño. Le dijeron que por ese motivo el futuro presidiario se salvaría de la conscripción. García lo festejó faltando al trabajo un mes y emborrachándose todos los días. En el jolgorio lo acompañaba su mujer. El niño sobrevivió vaya a saber por qué milagro. De las ubres lánguidas de Doña Heliotropo nada salía. Alimentaba al niño con el jugo de unos tomates semipútridos que conmiserativamente le hacía llegar el italiano verdulero de la choza lindera. El niño tenía siempre la boca llena de moscas y semillas de tomate pegoteadas.
Por ese entonces comenzaron los fríos castigadores, ventarrones filosos y lluvias aburridoras. El tanque se llenó como nunca. Era de cemento fraguado, cedió su resistencia y empezó la gotera.
En el piso de tierra se fue formando un hoyo lodoso. Pequeño, no era para sentirse molesto. Hasta que una mañana García, mal dormido y todavía semiebrio, metió en el su pie descalzo, resbaló y casi se quiebra el coxis del porrazo.
Considerando que necesitaba unos pesos para arreglar el desperfecto, se fue al puerto en busca de trabajo. Estaba a la expectativa frente al barco, aguardando el probable llamado del capataz. En eso se desprendió de un guinche un cajón con un automóvil adentro y García murió aplastado. Diríase, un accidente de tránsito.
La mujer, no llegó a saberlo porque en ese mismo instante se declaró un incendio en aquella Villa Miseria. Total, arrasante. Aterrorizada, enceguecida, próxima a la definitiva asfixia, consiguió agarrar al niño, pero no pudo sacarlo afuera. Lo dejó caer en el hoyo barroso, justamente debajo de la gotera, y enloquecida se perdió en el humo que envolvía la Villa y el éxodo. Volvió al amanecer y comprobó que sólo su casucha estaba en pie. Rondó un momento por las cercanías. Al fin decidió entrar, pero al percibir, ya junto a la puerta, el repique de la gotera huyó despavorida.
Se pasó casi todo el año merodeando por la Plaza Congreso, entre perros y paquetes de basura. Un día recordó al hijo y encaminó sus pasos hacia aquella Villa Miseria.
Abandonada, desierta, alli estaba su casa todavía. Muy sigilosamente se fue arrimando. La puerta crujió dolorosamente bajo la presión de sus dedos temblorosos. No se oía la gotera.
Primero la envolvió un fuerte, penetrante olor vegetal. Después percibió unos puntos rojos que brillaban en la penumbra como cigarrillos. Miró al suelo, donde debía estar el hoyo, donde debían estar los huesitos del niño, y sólo vió unas raíces negras que se desparramaban como culebras por todo el piso. Sobre ellas se alzaba una enorme planta de tomates que llegaba hasta el techo.
Incontenible, se alzó sobre unos harapos amontonados en un rincón y manoteó frenética, gimiente, aullando como perro que busca una rata. Al fin halló algo así como una carcomida funda de almohada.
Metió en ella los tomates que arrancó de la planta y se fue a venderos a la feria.

                                                                                                             Cuento de  Joaquín Gómez Bas




lunes, 10 de junio de 2013

Rayuela, de Julio Cortázar, a los 50 años de edad, todavía es una lectura inquietante llena de poder.

El 18 de enero de 1963 se publicó Rayuela, uno de los escritos más influyentes de la literatura latinoamericana. Esta novela se ha convertido en un clasico inspirador de cinco generaciones de jóvenes de todo el mundo, traducida a muchos idiomas.
Los siguientes fragmentos corresponden a una entrevista realizada por Evelyn Picon Garfield y publicada en los Cuadernos de Texto Crítico, en la Universidad Veracruzana, en México, 1978.

..."—Tus libros están traducidos a muchos idiomas. ¿Cómo han recibido a Cortázar en países donde se lo ha traducido?

Polaco

—Es muy curioso, porque también allí yo me he llevado muchas sorpresas. En un país con el que yo no tengo ningún contacto aparente, como es Polonia, mis libros han sido muy bien recibidos. Al punto que la edición de Rayuela se agotó muy pronto y fueron una vez más los jóvenes los que la leyeron. Y pidieron una segunda edición. Esta es una historia muy divertida porque de acuerdo con las leyes de Polonia, no se puede hacer una segunda edición de un libro una vez agotado porque hay un programa cultural que hace que haya que dejar su lugar a nuevos autores. No se puede hacer como en los países capitalistas donde si un libro tiene éxito se hacen sesenta ediciones, allí no. Hacen una especie de cambio de cosas. Y entonces dijeron que no, que no se podía hacer una nueva edición de Rayuela. Y parece que la presión de los grupos de jóvenes, la presión popular fue tan grande, que aceptaron hacer una segunda edición. Entonces utilizaron una pequeña trampa burocrática: en vez de hacerla en Varsovia, la han hecho en Cracovia, con otra editorial, pero es el mismo plomo, han utilizado el mismo libro, es exactamente el mismo libro. Como anécdota complementaria, me contó alguien cuya palabra es absolutamente cierta, que el dirigente polaco Gierek, sucesor de Gomulka (Gierek fue minero, es decir, no un hombre intelectualmente cultivado, es un político, un dirigente), se quedó preocupado por esta historia de que la gente pedía una nueva edición de ese libro de un escritor extranjero. Entonces pidió el libro y en una reunión de amigos dijo que no entendía ni una palabra pero que si el pueblo lo pedía que se lo dieran. Cosa que me parece muy bien de su parte porque además es muy humilde. Él podría haber dicho que a él no le gustaba por cualquier motivo pero dijo que no entendía. Eso me parece maravilloso. Es un hombre que me gustaría conocer alguna vez. Fidel Castro dijo lo mismo del libro de Lezama Lima, de Paradiso. Hubo una campaña secreta diciendo que el libro era pornográfico, que el libro era homosexual, esas cosas del machismo latinoamericano, tú sabes lo que es, y que el libro era contrarrevolucionario y que había que sacarlo de las librerías. Los amigos de Lezama Lima estaban muy inquietos y él también. Y entonces los estudiantes de la universidad aprovecharon una noche que Fidel fue a hablar con ellos, como él hace de tiempo en tiempo, y le dijeron «oye, Fidel pero ¿es cierto que no se puede vender Paradiso, que no podemos comprar, que dicen que lo van a sacar?» Y entonces Fidel dijo esto que me parece muy lindo: «Chico mira, ese libro realmente yo no entiendo gran cosa de lo que hay allí adentro pero estoy seguro de que de contrarrevolucionario no tiene nada, de manera que no veo por qué no lo van a vender». Y los que estaban con él escuchaban muy bien y al otro día el libro volvió a salir."



Coreano

Bulgaro
 
Japones

Frances

Ingles

Hungaro

Gallego

Bosnio

Griego

Ruso

Rumano

Aleman
Hebreo


Turco


—Hay dos maneras de influir en la gente joven. Hay la manera que no les gusta, de enseñar con textos y teorías y hay otra manera, la que tú describiste una vez: poner una película de Buster Keaton en vez de enseñar. Esto es lo que es Rayuela para los jóvenes. Les acompaña; no están tan solos, tienen compañía.—Claro. Te puedo dar un ejemplo muy patético. Un día recibí una carta de los Estados Unidos, de una niña, una chica de diecinueve años, encantadora, que escribía muy bien, poeta.
Me decía: «Dear Mr. Cortázar, le escribo para decirle que su libro Hopscotch me ha salvado la vida». Cuando leí esa primera frase, me quedé..., porque es terrible sentirse responsable de la vida de los demás, ¿no? Me decía: «mi amante me abandonó hace una semana. Yo tengo diecinueve y es el único hombre que había conocido, lo amaba profundamente y cuando me abandonó, decidí suicidarme. Y no lo hice en seguida porque tenía algunos problemas prácticos que resolver» (tenía que escribirle a su madre, en fin, ese tipo de cosas de los suicidas, ¿no?). «Pasé dos días en casa de una amiga y encima de una mesa había un libro que se llamaba Hopscotch. Y entonces empecé a leerlo. Yo me iba a matar al día siguiente y había comprado ya las pastillas. Leí el libro, lo seguí leyendo, lo leí toda la noche y cuando lo terminé, tiré las pastillas porque me di cuenta de que mis problemas no eran solamente los míos sino los de mucha gente. Y entonces quiero decirle que Ud. me ha salvado la vida. Y que ahora, a pesar de lo triste que estoy, pienso que tengo diecinueve años, que soy joven, que soy bonita—es una carta muy ingenua—, que me gusta bailar, que me gusta la poesía, que quiero escribir poesía, que ya he escrito para mí poemas y voy a tratar de vivir.» Fíjate la impresión que me hizo a mí esta carta. Fue increíble. Entonces yo le contesté dos líneas diciéndole, «mira me haces muy feliz al pensar que la casualidad ha hecho que yo haya podido ayudarte como un amigo, porque si a lo mejor hay mucha gente que piensa matarse y un amigo está allí, y lo toma así, lo convence de que es una tontería». Bueno, el libro era el amigo porque fue como si yo estuviera allí. Y desde entonces, hace cuatro años de esto, nos escribimos; ella me escribe, me manda poemas y le va bien. Supongo que tiene otro amigo y que está viviendo muy bien, ¿comprendes?






viernes, 17 de mayo de 2013

Los libros en mi vida, Henry Miller





"...Soy uno de los lectores que de vez en cuando copian extensos pasajes de los libros que leen. (...) Los he copiado en extensas cartas y los he colocado a lo alto de mi puerta para que, al marcharse, mis amigos los leyesen inevitablemente. Algunas personas sienten compulsiones opuestas: mantener en secreto estas preciosas revelaciones. Mi debilidad es gritar desde lo alto de los tejados siempre que creo haber descubierto algo de vital importancia. Al terminar de leer un libro maravilloso, por ejemplo, casi siempre me siento a escribir cartas a mis amigos, a veces, al autor y en ocasiones al editor. La experiencia se convierte en parte de mi conversación diaria, penetra en los alimentos y en las bebidas mismas que consumo. He dicho que esto era una debilidad. Puede que no lo sea..."



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