domingo, 6 de abril de 2014

El otro, Thomas Tryon: thriller psicologico llevado al cine


Se trata de un libro imprescindible para cualquiera que guste de la literatura, sea esta de terror o de cualquier otro género. Novela que tiene el doble interes de analisis psicologico y de la trama policial.En esta obra no hay monstruos, sino que el terror proviene de los limites a los que una mente humana puede llegar.Explicada por un misterioso personaje, nos adentramos en la vida de una familia que vive en una casa de campo tipicamente patriarcal.
Dos hermanos gemelos, Niles y Holland, y una granja en Connecticut. En una atmósfera opresiva se suceden varias muertes violentas. Niles, el gemelo bondadoso y pacífico, y Holland, el reverso maligno, perverso. Sólo Ada, la abuela de los gemelos, emigrada rusa, sabe la pavorosa verdad que la llevará a la locura y a revivir el horror.
Basada en este libro, en 1972, se realizó la magnifica pelicula dirigida por Robert Mulligan, que se desarrolla en su mayor parte a plena luz del día, en un incipiente verano. El color y la luz del dia resaltan nuestros miedos, es casi imposible creer que un niño de once años sea capaz de tales atrocidades.
Pero en este caso el libro tiene  mucho más que la película, aun siendo esta excelente. Quienes hayan visto la película no van a dejar de disfrutar del libro , y los que no la hayan visto no se van a creer que un libro tan bueno se les haya podido pasar desapercibido.
"El otro", Thomas Tryon. Ediciones Grijalbo, 1973 - 307 pag.- Tapa dura







lunes, 24 de marzo de 2014

Del caminar sobre hielo, Werner Herzog


Supe de la existencia de este libro por Julio Cortázar, que en  "Los autonautas de la cosmopista"  lo menciona como una de las lecturas que eligió para su viaje por las rutas de París. Mas allá de ser uno de los mejores cineastas, Werner Herzog publicó este libro de viaje cuatro años después de haberlo escrito. Puede decirse que fue su primer obra puramente literaria, aunque ya había publicado poemas y guiones cinematográficos.
El diario surge del viaje desde Munich a París, donde su amiga Lotte Eisner estaba a punto de morir. Herzog decidió caminar 685 km, sometiendo su cuerpo bajo lluvias y sobre caminos helados, en una especie de ritual que impidiera el triunfo de la muerte.

 Fragmentos:
...“Mi curiosidad es buena consejera, y me lleva hasta una residencia secundaria: jardín vallado, estanque con un puentecillo, y la casa acerrojada. Para abrirla utilizo el método más simple, que me enseñó Joschi: primero, forzar un postigo; luego, romper un cristal; al fin, introducirse en ella. En un rincón del cuarto hay una banqueta y unas grandes luminarias, extrañamente encendidas.
Ningún lecho a la vista y sí, en cambio, una mullida alfombra, dos cojines y una cerveza sin abrir. En un rincón, un sello de cera roja. Un mantel con motivos de los años cincuenta y, sobre éste, un crucigrama del que, con mucho esfuerzo, habían rellenado la décima parte. El garabateo al margen demuestra que habían agotado todos los recuerdos. Habían hallado, por “¿cubrecabezas?”, sombrero; por “¿espumoso?”,champán, y por “¿larga distancia?”, teléfono. Acabo el crucigrama, y lo dejo como prenda sobre la mesa.
¡Maravilloso asilo, tal lejos de todo"!”
***********
..."¿Dónde voy a dormir? Un sacerdote español decía misa en inglés defectuoso. Cantaba desafinado en un saturado micrófono, pero detrás de él la pared de piedra estaba recubierta de hiedra. Unos gorriones hacían un ruido infernal... estaban tan cerca del micro que no se entendía nada de lo que decía el sacerdote. Los gorriones habían sido amplificados miles de veces. Entonces, una pálida muchacha se desmayó en la escalera, y murió. Le frotaron los labios con agua fresca, pero ella escogió la muerte."

Del Caminar sobre el hielo, W. Herzog, Muchnik Editores

lunes, 13 de enero de 2014

Un secreto, Sara Gallardo

Una señorita tenia una cabeza de repuesto. Vivía en Comodoro Rivadavia. Quizá por el viento perenne, o por la cerrazón de una ciudad reducida, comenzó a anhelar variedad.
Lo primero, como llevo dicho, fue una cabeza de repuesto. Siendo de tipo armenio, la eligió rubia.
Toda afición o crece o muere. En ambos casos deja de ser afición. En ella creció transformándose en necesidad.
De modo que aumentó sus pertenencias con algunos pares de ojos y de bocas, dos senos magníficos para alternar con los suyos, y un par de pies imposible más graciosos.
Hay secretos que obligan a cambiar de horizontes. Decidió mudarse a otra ciudad. Hizo sus valijas y se fue directamente a Buenos Aires.
Para algunos, fue un descenso: de profesora a empleada de tienda. Según su idea, tuvo suerte.
Entró en Harrod's, en la sección zapatería infantil. Se alegró cuando la trasladaron a perfumería, pues su fuerte no era la paciencia. Además, tenía un don para los perfumes. Vendía bien y las comisiones le ampliaban el sueldo. lo cual viene bien a cualquiera, y a ella más que a nadie.
Su vida era apasionante. Llegó a aceptar invitaciones de un mismo hombre -empleado en la sección menaje- haciéndole creer que era dos. Es decir, ella, la vivaz armenia, y una amiga rubia que vivía en su casa. Salían a bailar, y el hombre, aunque contento con las libertades de la rubia, ofreció casamiento a la morena.
El interés de su vida no residía solamente en tales peligros. Bastaba con salir de compras. Con comprar zapatos para ciertos pies, corpiños para ciertos senos, pinturas de ojos y de bocas.
Su vida era ponerse y quitarse, combinar, reír.
Bien dicen que el amor es una prueba de fuego. Llegó. Y fue un amor en serio.
El era un hombre como ya no quedan. Ella le confesó todo. Lo del empleado de la sección menaje. Y sobre todo su secreto. ¡Si le costó! Pero lo hizo. Llorando como si le extirparan el alma mostró su colección. Juró conservarse morena, armenia, de pechos chicos y pies grandes.
El...palideció, evidentemente. Apoyado en la ventana dejó pasar todo un cigarrillo de silencio. Esperando una palabra, ya arrepentida de la confesión, ella planeó hacer sus valijas y huir en la madrugada hacia Mendoza. Pero él, volviéndose lentamente, la abrazó. Siempre la querría. En la forma que quisiese tomar. Sólo debía avisarle. Sobre todo al comienzo.
Felicidad del amor cuando da más de lo esperado. De reconocimiento, de alegría, ella bailó una danza loca, lo llenó de besos, lloró a mares, se amaron con transportes, fueron al cine.
Y fueron felices. Debe decirse que él, para expresarlo de algún modo, se envició con ella. Ofrecía tanto.
En cuanto a ella, ver aceptado el más secreto de los secretos fue un remache que nada pudo hacer vacilar.
Se afirma que la cabra al monte tira, y es verdad. Pero tirar no es huir. Hay formas y formas. Ella manejaba su necesidad de transmutación cumpliendo pequeñas extravagancias que no afectaban a nadie y que no tenía necesidad de confesar. Comiéndose una bolsa de plástico oro y negro de las usadas para envolver las compras en su empleo, limpiando el suelo de la cocina con champú para el pelo, yendo a un baile de disfraz sin disfrazarse.
Un día decidieron celebrar su felicidad teniendo un hijo.
Engendrado quedó, y aumentó en volumen y movimiento como es de estilo.
El padre, a fuer de entusiasmado y enamorado, cometió todos los actos que se imponen hoy, cursos de paternidad, consultas en pareja y molestias sin nombre para ambos. Entre ellas, decidió acompañar a su mujer durante el parto.
El niño nació con esplendor. Pero envuelto en la bolsa de plástico oro y negro. Harrod's menaje, decía en bellas letras. Era un lindo chico, idéntico a su padre, dijeron todos.
El padre dejó la sala de partos. Dejó la ciudad. Dejó a la mujer -y al niño- para siempre. El amor es así, cuando se siente traicionado.
Así es un secreto, nos quiere solos. Solos.





Cuento extraído de El país del humo, Sudamericana 1977

martes, 24 de diciembre de 2013

Lecturas para minutos: Hermann Hesse

Entre el calor agobiante y la ceremoniosa entrega a ordenar objetos esparcidos por la casa, apareció este pequeño libro sobre Hermann Hesse,  lo cual agradezco ya que hace un tiempo lo habia dejado "para después" y hoy parece que ambos decidimos encontrarnos. Comparto en estas lineas solo algunos de  los pensamientos extraídos de sus libros y cartas, que fueron recopilados por Volker Michels.

 "La Navidad es un compendio, un depósito venenoso de todos los sentimentalismos y engaños burgueses; pretexto para desaforadas orgías de la industria y del comercio; gran articulo de lujo de los grandes almacenes; huele a latón barnizado; a hojas de abeto y gramófono, a recadistas y carteros agotados, que maldicen por lo bajo, a embarazosa solemnidad en salones burgueses, bajo el árbol engalanado; a suplementos en los diarios y actividad publicitaria; a mil cosas, en fin, que me resultan profundamente odiosas y contrarias y que me parecerían mucho mas indiferentes y ridículas si no abusaran tan horriblemente del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años mas tiernos"
"Según mi experiencia, no hay mejor propósito para las vacaciones que el de no leer ni una sola línea, y luego, nada mas hermoso que ser infiel a ese propósito con un libro verdaderamente bello."
"Prefiero a alguien que esté dispuesto a entregarse a los ideales más ingenuos del mundo que a quien sabe hablar con inteligencia de todos los ideales y mentalidades, pero no es capaz de renunciar ni a lo más mínimo por uno de ellos." 
 "El que es demasiado cómodo para pensar por su cuenta y para constituirse en juez propio se somete a los mandamientos, cualesquiera que sean. Bien fácil tiene la cosa."
"Transformar tiempo en dinero es fácil, igual de fácil que transformar corriente eléctrica en luz y calor. Lo demencial y vulgar de ese lema _el mas estúpido de la humanidad_ es que se utilice la palabra dinero precisamente como denominación de lo mas valioso."
 "Cuando alguien busca, puede ocurrir fácilmente que su espíritu solo vea el objeto que busca que no sea capaz de encontrar nada ni de admitir la entrada de ninguna cosa en si mismo, porque solo piensa en lo buscado, porque tiene un  objetivo y esta poseído de el. Buscar es tener un objetivo, pero hallar es ser libre, estar abierto, no tener una meta."
"Si hoy nos comportamos de un modo medianamente humano frente a las necesidades y exigencias actuales, el futuro también podrá ser humano"
"Algunas veces  me inclino a considerar a las personas felices como sabios ocultos,  aunque parezcan estúpidos. ¡Hay algo más estúpido y que haga mas infeliz que la inteligencia?"
 "No hay nada que tenga menos éxito que meditar sobre la persona a quien amamos. Tales elucubraciones son como ciertas canciones del pueblo o de los soldados en las que aparecen miles de cosas pero en las que el estribillo se repite tenazmente incluso donde no pega."
"Una agonía también es un proceso vital, no menos que un nacimiento, y a menudo se pueden confundir ambos." 
"No necesito ningún arma contra la muerte, porque la muerte no existe. Pero si hay una: el miedo ante la muerte. Esa se puede curar." 
"Quien no pueda soportar la parcialidad y el atrevido espíritu revolucionario, quien prefiera una juventud sabia, complaciente y comprensiva en lugar de fanática y puritana, que la rechace. Se perjudicará a si mismo" 
"Creo que en la vida se puede trazar una frontera muy precisa entre juventud y vejez. La juventud cesa con el egoísmo, la vejez comienza con la entrega a los demás"
 


martes, 26 de noviembre de 2013

Fabula del pelotudo, Roberto Fontanarrosa


Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso.
Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé, no soy tan pelotudo..., vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos
La cuarta: (pero la conclusión más interesante)
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros.
Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo
MORALEJA:
'El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo
delante de un pelotudo que aparenta ser inteligente' 


domingo, 3 de noviembre de 2013

Dos veces el mismo rostro, Vicente Barbieri

Contaré el caso exactamente como ocurrió: para mi sigue siendo un verdadero enigma.
No agrego ni quito nada en esta relación, y juro que no estaba dormido. Prometo decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Repito que no se trata de un sueño: en último caso, un sueño despierto. No sé.
Comenzó una noche de principios del año 1951. Yo me encontraba acostado, en mi departamento de la ex Avenida Alem, y la habitación estaba a oscuras; no en completa oscuridad, sino en esa penumbra que permite distinguir contornos y bultos de muebles y objetos. Serian, aproximadamente, las doce. Permanecía despierto, boca arriba y con las manos bajo la nuca; yacía con placidez, en ese estado que uno dice: no pensaba en nada. Parpadeaba, mirando como aparecían y desaparecían los perfiles de los objetos. Entrecerré los ojos por unos minutos. El sueño no venía.
De pronto tuve la sensación de que algo ­–no alguien, sino algo- estaba junto a mi cama. Inquieto, abrí los ojos, y, ahí a mi derecha, como a un metro del suelo, se veía un óvalo de luz brillantísima, de más o menos veinticinco centímetros de alto por veinte de ancho. En el centro de esa luz de forma ovalada había un rostro de hombre. El conjunto parecía un gran camafeo viviente, porque aquello estaba, según me pareció, animado de vida. Sin moverme en la cama y sin quitar los ojos de aquel centro radiante (que sin embargo no molestaba a mi vista), yo observaba ese rostro.
Para mí, se trataba de un desconocido. De balde procuré recordar, en un rápido desfile retrospectivo de figuras y fisonomías, algún rostro quizá olvidado de la infancia; acaso una cara vista en alguna parte, al paso del azar con que se anda por el mundo y grabada en el subconsciente siempre activo… Pero, no. Yo podía jurar, más o menos seguro, que jamás había visto ese rostro. Además, el visitante también me observaba con una expresión de curiosidad y sorpresa quizá mayores que las que yo experimentaba.
Era el semblante de un hombre de más o menos cincuenta años; tenía los ojos fijos en mí, con mirada, como digo, llena de marcado interés. Sus facciones eran toscas, como curtidas por el sol y la intemperie, y yo veía cómo en su cuello largo y delgado la nuez de Adán, muy abultada, subía y bajaba como si el hombre respirara profundamente. Ahora me parece extraño no haber sentido ningún temor.
De pronto, cuando mayor era nuestra atención, aquello se desvaneció, mejor dicho, se apagó de golpe. Yo permanecí un tiempo bastante largo, pensando, en la oscuridad, hasta que el sueño, el verdadero sueño, me rindió sin esfuerzo.
Recordé, durante muchos días el suceso, después creo que lo olvidé. Pasaron meses. Circunstancias de mi internación en un hospital de Vicente López me distrajeron con otras cosas.
Allí tuvo lugar la segunda parte de mi enigma.
Después de una intervención médica practicada por el doctor Angel N. Bracco (ese cirujano inteligente y generoso que ya me pertenece y a quien pertenezco a través de tantos años), permanecía yo inmóvil en la cama, en una pieza pequeña, aislada de la sala general. Era la media tarde, y en esos varios días experimentaba una suave tranquilidad, luego de varios días de fuertes sufrimientos. Ante mi puerta solían pasar de continuo los internados de la sala, cuyo interior no me era visible sino en un pequeño ángulo, vista aún más dificultada por mi permanente y forzosa posición boca arriba. Entre los enfermos solía pasar un hombre alto y delgado, como de cincuenta años, al que yo veía casi siempre de espaldas y muy fugazmente.
La tarde que digo, meditaba yo con las manos bajo la nuca, cuando de pronto noté que alguien se detenía en la puerta de mi habitación. Levanté trabajosamente la cabeza, procurando ver de quién se trataba; una sonda de goma aplicada a mi costado derecho no me permitía muchos movimientos sin causarme fuertes dolores.
Era el hombre alto y delgado que yo había entrevisto en ocasiones. Pensé que desearía interesarse por mi estado, como de vez en cuando sabían hacerlo otros enfermos. No dejó de llamarme la atención su visita porque había oído decir que se trataba de un hombre muy retraído, que no hablaba con nadie. El visitante avanzó unos pasos hasta situarse junto mi cama y se quedó mirándome con gran fijeza, con una expresión de curiosidad que me pareció extraordinaria. Tenía sus ojos clavados en mí y no decía palabra: me observaba con una especie de atención casi hipnotizante. Su rostro era tosco, trabajado por el sol y la intemperie, y yo veía como cómo en su cuello largo y delgado la nuez de Adán subía y bajaba.
Después, en silencio como había entrado, dio media vuelta y se retiró.
De golpe recordé. El rostro de ese hombre era el mismo de mi visión nocturna de meses atrás. Ni esta vez ni la otra se trataba de un sueño; puedo jurarlo. Nunca más vi al hombre; cuando más tarde pregunté por él a uno de los enfermeros, se me dijo que había sido dado de alta ese mismo día.
¿Qué enigma es éste? ¿Existe un mundo anterior, olvidado por muchos sentidos? ¿es verdad aquello de que presente y futuro son simultáneos? ¿Algún encuentro en el vasto tiempo, que más tarde se repite ante nuestros ojos asombrados de no poder recordar?

Ocurrió así, y así lo cuento. ¿Alucinación? Sólo puedo decir: No sé.

                               



                Cuento de Vicente Barbieri
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